Durante muchos años tuve bastante claro que me quería ir de Asturias.
No por nada en especial. Supongo que es lo normal cuando creces en un sitio pequeño. Llega un momento en el que todo empieza a parecerte monótono. Las calles, la gente, los sitios son siempre los mismos y buscas, quizá por eso de la juventud, algo más. Algo que te descubra. Que te dé aliento. Una bocanada de aire fresco.
Así que me fui.
Me fui sin pensarlo demasiado. Quizá siguiendo el camino correcto. O quizá no.
Y lo curioso es que, como dice Melendi, ha sido precisamente marchándome cuando más asturiano me siento.
No sé muy bien cuándo ocurrió. No ha sido hoy. Pero hubo un momento en el que lo sentí.
Me sentí lejos.
Lejos de mi casa. De mi hogar. De mi familia. De mis amigos. Y de mucho más.
Empecé a echar de menos el mar. La montaña. Picos de Europa y Salinas. La calle Mon después de una cenita en Gascona. Ir a ver a Gelu a Avilés. Casa Generosa para una buena fartucada. El cachopo, sin gluten, del Quesu.
Añoré el olor de la sidra. El sabor de la fabada. Las fiestas de prao. El chisque de la sidra. El sonar de las gaitas.
Y también me faltaron esas cosas mucho más pequeñas, que probablemente solo importan porque son tuyas.
La Fresneda. Las tortugas del club. El camino de bicis. La plaza blanca. El camino de la Llosa número 29.
Y supongo que ahí entendí algo.
Me dicen mucho eso de que los asturianos sentimos mucho nuestra patria.
Y será verdad.
Somos así, guaje.
Como pa no querela.
Porque Asturias nos da a los que estamos fuera un sitio al que volver. Un sitio en el que, pase el tiempo que pase, siempre parece que seguimos siendo de allí.
Y a los que están, un sitio del que disfrutar.
Orbaya, hace frío y nunca sale el sol.
Hazme caso.
Yo no iría a Asturias.
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