Este verano, después de hartarme a currar, como ya sabéis, me he ido de vacaciones con María a Italia, a Dolomitas.
Sinceramente, es otra cosa. El dinero que mueve el turismo invernal, el de esquí, se aprecia y mucho. Pueblos cuidados al milímetro, el césped como el de un estadio digno de Xavi Hernández. Es, si me preguntáis, absolutamente impresionante.
Pero más allá de hablar del viaje, me gustaría reflexionar acerca de una conversación que tuvimos María y yo caminando por el lago de Braies, en las faldas de la Croda del Becco. Según me hizo la pregunta me pareció una pijada, pero día a día, me he ido dando cuenta que quizás, no lo era tanto.
¿Por qué gusta tanto la montaña? O mejor aún, ¿por qué me gusta tanto la montaña?
Parece una pregunta fácil, la verdad. Cuando me lo preguntó, al menos me lo pareció. Porque sí. Estás en la naturaleza, con buenas vistas y haciendo ejercicio. ¿Acaso eso no es suficiente?
Y bueno, quizás lo es.
Pero creo que es algo más, sobre todo más allá del hecho de poder subir la foto a Instagram o, en mi caso, escribir un artículo.
En la montaña no piensas en tus cosas. Y cuando piensas, lo haces con esa claridad mental tan característica que te da la montaña. Ves todo con otro prisma, desde unos ojos obnubilados con lo que ven.
Estás pendiente de las vistas, del camino, del siguiente sitio donde poner el pie. Del efecto wow que produce la inmensidad de la naturaleza, que nos deja como meros observadores de algo que siempre ha estado ahí.
Pero eso no es gratis. Acostumbrados a la inmediatez, la montaña te obliga a tener paciencia. A andar, a cansarte y a saber que, por mucho que quieras llegar, todavía queda un rato.
Cuando la cuesta se pone pindia, que nos ha pasado unas cuantas veces este viaje, solo piensas en lo ijaputa que es la subida.
No en el compañero de curro al que no aguantas. No en ese correo que tienes pendiente. No en lo que tienes que hacer mañana.
Solo en llegar arriba.
Y qué maravilla.
Porque durante un rato, aunque sea solo durante unas horas, la montaña consigue que todo lo demás deje de importar. Te aporta una claridad mental que a mí me presta, y mucho.
Y luego está la compañía.
No sé qué tiene la montaña, pero queremos compartirla con determinadas personas. Haciendo memoria, a la montaña solo voy con la gente que más quiero. Como si quisiera que la montaña se quedara con una buena imagen de mí y de mi séquito.
Te da mucho. Y nosotros, en muchos casos, no le correspondemos como se merece.
Te da la sensación de que, durante ese rato en el que decides hacerlo, estás en otro mundo. La inmensidad nos hace pequeños y, a la vez, nos engrandece cuando lo contamos.
Nos da otro prisma y, sobre todo, nos vamos de vuelta con otra sensación. Llenos de vitalidad.
Me he ido hasta Dolomitas. Lejos, muy lejos.
Ya me ha echado la bronca mi amigo Carlos, y con razón. Tenemos montaña para aburrir en Asturias.
Pero bueno, he descubierto algo que de verdad me gusta. Algo que seguiré haciendo y, sobre todo, algo que quizás, teniéndolo siempre al lado, no hubiera sabido apreciar.
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