
Por Andrés Castrillón Mata
01 de Mayo de 2026 * 5 min de lectura
Viajar como un moderno
Viajar ya no solo revela ciudades, paisajes o costumbres. A veces revela algo bastante más incómodo: quién eres tú y quiénes son de verdad los que viajan contigo.

Escuchalo en audio (Audio artículo disponible):
Viajar está de moda. Es una realidad. Cada vez que voy a ver a mi abuela y le cuento lo que he hecho en los últimos meses se lleva las manos a la cabeza, y no me extraña. En su época, ir a una gran ciudad era cosa de pocos. Yo me he dado cuenta de esto hace bien poco, cuando por fin decidí empezar Cuéntame cómo pasó. Veintisiete palos y no había visto un capítulo en mi vida. Para matarme, lo sé.
Ahí caí. Las grandes ciudades eran para los más privilegiados. Su vida, la de mi abuela, era otra. Ahora, para bien o para mal, viajar se ha vuelto infinitamente más fácil. En unas horas estás en Roma, París o Londres. Y eso, aunque ahora nos parezca normal, es una moda de hace bien poco.
Aborrezco las modas. No desde siempre, pero cada vez más. Las masas me perturban. Este fenómeno genera en mí una reacción bastante contraria a la que creo que provoca en la mayoría. A la gente le gustan las modas. Sentirse parte de algo, quizá de algo grande, es bastante humano. El problema, creo, es que lo estamos malinterpretando.
Viajando uno se da cuenta de esto con una facilidad casi insultante. Existen dos clases de viajeros: los que viajan para descubrir y los que viajan para compartir. Los descubridores aprovechan las modas. Los compartidores, en cambio, son sus grandes perjudicados.
Los compartidores sufren las modas. Las colas que generan los sitios “guays” de TikTok son insultantes. Una hora esperando para “disfrutar” de un paisaje, de un café o de una foto en un fotomatón rodeado de decenas y decenas de personas. Y lo peor es que, muchas veces, lo importante ya ni siquiera es el sitio. Es la prueba. La foto. El “yo estuve aquí”.
Ir al trabajo sufriendo el tráfico, las colas del metro o el autobús es lógico. Debes trabajar. Pero “disfrutar” de tu tiempo libre volviendo a la espera rutinaria no me parece precisamente una gran forma de desconectar.
Los descubridores, en cambio, nos aprovechamos de las modas. Viajar se ha convertido en una de las grandes tendencias de los últimos años, y eso ha hecho que a veces salga más caro ir a Asturias que plantarte en Roma, París o Londres. Asturias, mi tierrina, está muy bien, no me malinterpretéis. Pero las grandes capitales hay que visitarlas.
La curiosidad por descubrir un restaurante, un rincón o a un lugareño simplemente porque te da la gana tiene algo que nos cautiva. Algo más honesto. Más limpio. Más difícil de explicar. Las masas corrompen la naturalidad. El éxito confunde. Todos los viajeros buscan ahora lugares reales, auténticos, tradicionales. Y, precisamente por buscarlos todos a la vez, acaban destruyéndolos. Por eso están en peligro de extinción.
Aunque falta un punto que me parece importante. Viajar no solo consiste en descubrir el país de destino. Las modas nos han obnubilado tanto que muchas veces somos incapaces de ver la importancia de las personas que nos acompañan en el camino.
Porque viajando te descubres, sí. Pero también descubres a quienes tienes al lado. Viajar te arranca de tu zona de confort y te coloca en una especie de upside down donde todo se complica un poco más: dormir, comer, decidir, esperar, perderse, cansarse, improvisar. Y esa dificultad cada uno la gestiona como puede. O como es.
Existen muchos mecanismos de defensa para combatir las inseguridades propias de un viaje, de esa salida franca de la comodidad. Y todos hablan. Habla quien se enfada. Habla quien se adapta. Habla quien necesita controlarlo todo. Habla quien sabe reírse cuando algo sale mal. Habla quien convierte cualquier contratiempo en una tragedia.
En los viajes conoces paisajes, ciudades y restaurantes, pero sobre todo conoces personas. Las desgranas. Las ves sin decorado, sin rutina, sin el papel que cada uno interpreta en su día a día. Las ves como son cuando algo se tuerce, cuando hay hambre, cuando hay sueño, cuando no hay cobertura o cuando el plan perfecto se cae por una tontería. Y esa sensación es única.
No existen dos viajes iguales. Cada salida propone retos distintos, y la manera en la que cada uno pelea esos retos dice mucho más que cualquier conversación de sobremesa. Por eso viajar te descubre a ti. Y por eso, cuando viajas a gusto, descubres también algo mucho más importante que una ciudad nueva. Descubres quién sí. Y quién no.
Suscríbete y recibe el siguiente artículo !1 día antes¡
© 2026 todos los derechos reservados.


Deja un comentario