Crónicas de un mundo en movimiento

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Por Andrés Castrillón Mata

03 de abril de 2026 * 4 min de lectura


La posible extinción del pato negro

La lucha de egos y el egocentrismo se están adueñando de las conversaciones más cotidianas, poniendo en peligro el genuino arte de escuchar

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La lucha de egos y el egocentrismo se están adueñando de las conversaciones más cotidianas. No sé si es un salto intergeneracional, soy joven como para saberlo, pero sí sé que es un problema latente en este siglo en el que vivimos y, me temo, va en aumento.

Siempre me han gustado las conversaciones banales, las del café de la tarde, las más cotidianas. Las que no pretenden impresionar a nadie. Las que simplemente pasan. Y esas conversaciones cada vez las veo menos. Siguen ahí, nunca se han ido del todo, pero han cambiado. La competitividad se está adueñando de ellas y la lucha de egos transforma una conversación prestosa en una prueba de supervivencia.

La globalización, las redes o vete tú a saber qué están empujando a cierta clase de personas a pensar que son el centro del mundo y que cada conversación es una oportunidad para demostrarlo. Siempre las ha habido, claro. El problema es que ahora parecen multiplicarse.

Son fáciles de identificar. Utilizan, como me gusta decir a mí, una metodología “Yoyo”: yo lo uno, yo lo otro, yo hice, yo dije, yo estuve. Tienden a pisar tu voz y a subir la suya en cuanto detectan que han dejado de ser el centro de gravedad de la charla. Y sí, no me malinterpreten, al principio incluso resultan divertidas. Tienen anécdotas, energía, ruido. Pero cuando ya te conoces todas y cada una de sus historias, cuando descubres que detrás de esa exhibición constante solo hay vida cotidiana, repetida y aburrida, se vuelven personas planas, sin trasfondo.

Yo, perdonarme por la hipocresía, quiero pensar que parte de este aumento viene de la exposición permanente a esa vida idílica que muestran las redes sociales. Su vida se convierte en una comparación constante con la del influencer de turno y, claro, pierden siempre. Y cuando uno pierde siempre en silencio, termina buscando una victoria cutre donde puede. A veces, en la barra de un bar. A veces, en una conversación de tú a tú. A veces, simplemente, pisoteando al de enfrente para sentirse un poco por encima durante cinco minutos.

El auge de estos monstruitos se está cargando las conversaciones que tanto me gustan y que ya empiezo a anhelar. Esas en las que cada uno expone su vida, sus miserias, las mira a la cara y hasta se ríe de ellas. Esas en las que el resto escucha de verdad: tranquilo, participativo, presente. Sin estar pensando cuál será el siguiente tema en el que podrá lucirse o encontrar el hueco exacto para colocarse por encima.

Y aquí aparece una consecuencia crítica de esta lucha de egos: la posible extinción del pato negro. Esas personas que se salen del rebaño. Que eligen coger su propio rumbo. Las que preguntan con escucha activa, prestan atención de verdad y modulan con una precisión casi quirúrgica cuándo es su momento y cuándo es el momento de los otros.

Cada vez quedan menos. Y creo que eso responde a una idea profundamente equivocada, pero cada vez más extendida: que el que más habla es el mejor. Yo, vuélvanme a disculpar, creo exactamente lo contrario. El que más escucha genera en el otro una sensación cada vez más rara, más escasa y, precisamente por eso, más valiosa: la sensación de ser escuchado. Y en un mundo donde casi nadie escucha, eso acaba provocando algo que ya parecía olvidado: un pequeño sentimiento de unión.

Porque para escuchar primero y hablar después hay que ser valiente. Hay que ser reflexivo. Hay que tener empatía. Y cada vez menos gente alberga esas cualidades sin convertirlas, además, en una performance.

Por eso, cuando me encuentro con una persona escuchadora, la ato con tal fuerza que no se pueda escapar. La escucho como debe ser escuchada y la cuido. Porque es un tesoro. Y porque empiezo a sospechar que, como sigamos así, un día habrá que declarar al pato negro especie protegida.


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