
Por Andrés Castrillón Mata
17 de abril de 2026 * 3 min de lectura
La competitividad bien entendida
No siempre compite mejor quien más vale, sino quien mejor aprende a moverse en lo oscuro. Y cuando eso pasa, el problema ya no es el talento, sino el entorno.

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Me encanta competir. Competir, bien entendido, es uno de los motores más antiguos del ser humano. Gracias a eso nos medimos, nos exigimos y evolucionamos. Las grandes marcas del atletismo se mejoran cada cuatro u ocho años y no es una casualidad, caen porque siempre hay alguien dispuesto a correr un poco más, a saltar un poco más, a empujar un poco más lejos el límite anterior. Competir, en ese sentido, no solo es natural, es incluso saludable.
El problema empieza cuando la competitividad se mancha. Cuando deja de ser una fuerza que eleva al grupo y se convierte en una estrategia individual para sobrevivir, destacar o trepar a cualquier precio. Ahí ya no hablamos de ambición, sino de otra cosa. De una versión degradada de la competencia. Más sucia. Más pequeña. Más peligrosa.
La competición sana entiende algo esencial: que uno puede querer ganar sin necesidad de pudrir el terreno que pisa. Formar parte de un equipo, reconocer quiénes son los tuyos, medir a tus rivales, conocer tus límites y respetar los del resto. Todo eso también forma parte de competir. Quizá sea, de hecho, la parte más noble.
El asunto se tuerce cuando algunos competidores dejan de jugar con el equipo y empiezan a jugar solo para sí mismos. Se convierten en freelance morales, en lobos esteparios. Personas capaces de cualquier cosa con tal de acercarse a su objetivo. Los comportamientos son comunes: hablar a la espalda, administrar la información como un arma, halagar al que manda y empobrecer al que tienen al lado. No buscan solo mejorar ellos, buscan además, empobrecer al de al lado.
Y eso toxifica cualquier entorno. Porque la competitividad sucia tiene una capacidad enorme para disfrazarse de talento. A veces, incluso, de liderazgo. Hay gente que confunde obediencia con estrategia o incluso inteligencia y el ruido con mérito. Y así, poco a poco, el ambiente se pervierte: deja de reconocerse a quien aporta y empieza a premiarse a quien maniobra.
Lo he visto sobre todo en lo laboral. Personas que solo permanecen mientras hay interés, que se acercan mientras pueden extraer algo, y que desaparecen en cuanto el vínculo deja de rentar. No construyen. Utilizan.
Lo más peligroso de estos perfiles no es solo lo que hacen, sino lo que normalizan. Porque cuando la bajeza se instala durante suficiente tiempo en un entorno, acaba pareciendo costumbre. Y lo que al principio te repugna, con los meses empieza a sonarte razonable. Ahí está el verdadero riesgo: no cruzarte con ellos, sino acostumbrarte a ellos.
Por eso conviene marcharse a tiempo de ciertos sitios. No por cobardía, sino por salud. Hay entornos donde uno no pierde por irse, pierde por quedarse lo suficiente para para enfermarse. Porque cuando la competitividad se convierte en una coartada para la mezquindad, ya no estás en un lugar exigente.
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