
Por Andrés Castrillón Mata
28 de enero de 2026 * 4 min de lectura
La posible extinción del pato negro
La lucha de egos y el egocentrismo se están adueñando de las conversaciones más cotidianas, poniendo en peligro el genuino arte de escuchar

La lucha de egos y el egocentrismo se están adueñando de las conversaciones más cotidianas. No se si es un salto intergeneracional, soy joven como para saberlo. Pero es un problema latente en este siglo en el que vivimos y creo, va en aumento.
Siempre me han gustado las conversaciones banales, las del café de la tarde, las mas cotidianas. Y esas conversaciones cada vez las veo menos. Siguen ahí, nunca se han ido, pero han cambiado. La competitividad se está adueñando de las conversaciones y la lucha de egos transforma una conversación prestosa, en una difícil de sobrevivir.
La globalización hace que, poco a poco, cierta clase de personas tienden a pensar que son el centro del mundo y en cada conversación sienten la necesidad de demostrarlo. Siempre las ha habido y siempre las habrá, el problema es que va en aumento.
Esa clase de personas son fácilmente identificables. Utilizan como me gusta decir a mí, una metodología “Yoyo”. Yo lo uno, yo lo otro. Tienden a pisar tu voz y alzarla cuando se sienten escuchadores en vez de escuchados. Y si, no me malinterpreten, las conversaciones con estas personas son del todo divertidas, en un primer momento claro. Cuando eres conocedor de todas y cada una de sus historias y pasan a su vida cotidiana, aburrida. Se vuelven personas planas, sin trasfondo.
Yo, perdonarme por la hipocresía, quiero pensar que el aumento de estas personas se da por la exposición y visión de una vida idílica mostrada por las redes sociales. Su vida se convierte en una constante comparativa con la vida mostrada por los influencers y claro, pierden siempre. Lo único que les queda es pisotear al resto en una conversación de tú a tú en la barra del bar.
El aumento en el uso de estos mostruitos se esta cargando las conversaciones que tanto me gustan, y estoy empezando a anhelar. Esas conversaciones en las que cada uno expone su vida, sus miserias, las mira a la cara y se ríe de ellas. Y el resto escuchan, tranquilos, participativos, sin pensar en cual va a ser el siguiente tema en el que se sientan triunfadores.
El aumento desenfrenado de la lucha de egos tiene unas consecuencias críticas: La posible extinción del pato negro. Esas personas que se salen del rebaño. Que eligen coger su propio rumbo. Las personas que preguntan con escucha activa. Que prestan interés y que modulan a la perfección cuando es su momento y cuando es el momento de otros. Esta actitud, que tanto bien hace, es adoptada por cada vez menos gente, y creo que viene de un pensamiento del todo mal infundado. El que más habla es el mejor, piensan algunos. Yo, vuélvanme a disculpar, considero que es al revés, el que más escucha genera la sensación de ser escuchado y ante la falta de escucha latente, genera un sentimiento olvidado. De unión.
Para escuchar primero y hablar después hay que ser valiente, hay que ser reflexivo y empático. Cada vez menos gente alberga esas cualidades. Por lo tanto, cuando percibo a una persona escuchadora la ato con tal fuerza que no se pueda escapar, la escucho como debe ser escuchada y la cuido porque es un tesoro que no sabes si volverá.
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