Qué duro se hace currar en verano. No sé si alguno más está igual que yo o soy el único que ha sido así de gilipollas. Pero es una mierda.
Este es el primer agosto de mi vida que me toca trabajar. Hasta ahora siempre había estado en una de esas consultoras que prácticamente te «obligan» a cogerte agosto entero de vacaciones. Este año, con el cambio de curro, me tocó escoger. Y entre unos viajes ya pillados y otros compromisos, no me quedó demasiada alternativa.
Por lo menos he podido elegir mis vacaciones. Pero, sinceramente, me está costando un poco.
Trabajar mientras fuera amanece despejado, escuchas el graznido de las gaviotas y te llega olor a mar es bastante complejo. Más todavía cuando estás en Ribadeo, trabajando frente a la ventana y solo ves pasar gente dirección a Os Castros o Penarronda. Es duro, creedme.
Se te pasan muchas cosas por la cabeza. Y estos días me he dado cuenta de algo que hago con bastante más asiduidad de la que me gustaría admitir. Muchas veces disparo sin conocimiento de causa.
Porque ahora, visto con cierta perspectiva, la explicación era bastante sencilla.
Estoy trabajando en mi casa de verano, en la casa de mi familia, mientras el resto está de vacaciones.
Por la mañana escucho los planes de playa y vermú. El traqueteo constante de idas y venidas. Uno que baja con la piragua a Castropol, otro que se va a la playa con la perrina, otro que pregunta quién se apunta a tomar algo. Las cervezas de la tarde, las copas de la noche y todas esas pequeñas cosas que forman parte de estar de vacaciones.
Y yo me adapto como puedo.
Claro, eso me genera cierto FOMO, cierta envidia, cierto malestar.
Estoy currando mientras los demás están de vacaciones. Y eso es una mierda.
El problema, si quieres llamarlo así, era tan simple como eso. Pero yo empecé a disparar.
Pensé que el trabajo no me gustaba. Pensé que mi desempeño no estaba siendo el adecuado. Pensé que quizá no estaba en mi sitio. Pensé que Ribadeo ya no era lo mismo. Que tenía que cambiar determinadas cosas. Que el alcohol era el enemigo. Que estaba desaprovechando el verano. Que quizá había tomado alguna decisión equivocada.
En cuestión de dos días trabajando en agosto había conseguido hacer una revisión bastante completa de mi existencia. Menos mal que tengo personas alrededor que me ponen los pies en la tierra.
Porque después de darle muchas más vueltas de las necesarias entendí algo bastante menos trascendental: igual no había ningún problema que resolver.
Igual simplemente estaba jodido porque estoy trabajando en agosto.
Y me pasa mucho. A veces la explicación a tu malestar es tan simple que cuesta trabajo aceptarla.
Si estoy incómodo, será el trabajo.
Si estoy cansado, será que estoy haciendo algo mal.
Si no disfruto un día como esperaba, será que el sitio ya no me gusta igual.
Nos cuesta muchísimo aceptar que no todo lo que sentimos necesita una explicación profunda. Mucho menos una solución.
A veces la explicación a tu malestar es tan simple que cuesta trabajo aceptarla.
A veces estás cansado porque has dormido mal. Estás de mala hostia porque llevas una semana complicada. Un sitio te parece peor porque has tenido un día de mierda.
Y no hace falta cambiar de trabajo, replantearte tu vida ni iniciar una guerrilla.
A veces basta con saber dónde estás disparando. Y aceptar que trabajar en agosto es una mierda.
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