Christopher Nolan es un genio. Y lo digo desde la perspectiva de alguien que va poco al cine. Tiene mucho mérito conseguir que tres horas parezcan una. Lo hizo con Tenet, con Oppenheimer y ahora con La Odisea. Pero lo mejor de la película no son sus efectos, ni la fotografía, ni siquiera la forma en la que adapta a Homero. Lo mejor es que sales del cine pensando en cuál es realmente tu lugar cuando vuelves a casa.
Quizá la película no sea la adaptación más fiel del poema original, pero es cine del bueno. Del que consigue mantenerte pegado a la butaca sin darte un respiro. Cada isla es un estímulo nuevo, cada encuentro cambia el rumbo de la historia. Odiseo se cruza con cíclopes, hechiceras, dioses y monstruos; algunos episodios nos fascinaron, el Cíclope y Circe fueron nuestros favoritos, pero la grandeza de la película no está en la espectacularidad de la mitología. Está en la pregunta que deja flotando cuando se encienden las luces de la sala.
Porque, en el fondo, La Odisea no trata del viaje. Trata del regreso.
Siempre pensamos que La Odisea cuenta la historia de un hombre que intenta volver a casa después de una guerra. Pero los estudiosos de Homero llevan siglos señalando que la obra va mucho más allá. Los griegos tenían incluso una palabra para esa idea: nostos, el regreso al hogar. No el viaje. El regreso. Y quizá ahí esté la diferencia. Viajar consiste en avanzar. Volver consiste en enfrentarse a todo lo que ha cambiado mientras tú no estabas.
Odiseo convierte ese regreso en algo mucho más difícil que la propia guerra.
Durante el viaje cambia. Le pasan cosas, toma decisiones que probablemente nunca habría tomado en la tranquilidad de Ítaca. Y mientras él cambia, su casa también lo hace. Por eso, cuando finalmente llega, no vuelve como un rey triunfante. Vuelve disfrazado de mendigo.
Ese detalle me parece una de las grandes genialidades de Nolan.
Odiseo entiende que no puede regresar exigiendo que todo siga igual. El hogar que dejó ya no existe exactamente como lo recuerda. Volver no consiste en recuperar el pasado, sino en descubrir si todavía hay un lugar para ti en el presente.
Y esa idea, más que una reflexión sobre un héroe griego, me parece una reflexión sobre cualquiera de nosotros.
A mí me pasa cada vez que vuelvo a casa. A La Fres. Regreso a la misma casa, paseo por el camino de bicis y vuelvo al mismo club donde nos hemos pasado media vida. Todo sigue ahí y, sin embargo, nada es exactamente igual. Mis amigos ya no tienen las mismas rutinas, cada uno trabaja en lo suyo y, sin darme cuenta, todos hemos cambiado.
Por eso creo que La Odisea es una historia atemporal.
Todos añoramos tener una casa a la que volver. A veces pensamos que es solo una cuestión de distancia: coger un coche y regresar al lugar del que partimos. Homero plantea algo mucho más incómodo. El verdadero problema no es encontrar el camino de vuelta, sino enfrentarse a la posibilidad de que el lugar al que regresas ya no coincida con el que habías conservado en la memoria.
Odiseo no teme solo a los monstruos del mar. Teme llegar a Ítaca y descubrir que Ítaca ha aprendido a vivir sin él.
Quizá esa sea la gran lección de La Odisea. No podemos volver al pasado, pero sí decidir qué hacemos con lo que queda de él. Tal vez la madurez consista precisamente en eso: en reconciliarnos con quienes somos cuando, por fin, volvemos a casa.
Quizá por eso La Odisea sigue emocionándonos casi tres mil años después. Porque no habla de héroes. Habla de nosotros.
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