Ganar, y ganar y volver a ganar

Qué gusto volver a ganar. Qué alegría volver a ver a España en las calles.

El fútbol no es solo un deporte. Va mucho más allá. Por eso las grandes noches de la selección se quedan grabadas. No recordamos solo el resultado. Recordamos cómo nos hicieron sentir. Y esta España ha vuelto a provocarnos exactamente esa sensación: la de mirar al rival, la trascendencia del partido y pensar, “¿y por qué no?”.

Quizá el fútbol no tenga la capacidad de unir un país. O quizá sí, aunque solo sea durante noventa minutos. Lo que sí hace es recordarnos algo muy sencillo: somos capaces de ilusionarnos, compartir y remar en la misma dirección con personas que no se parecen a nosotros y con las que probablemente no estaríamos de acuerdo en muchas cosas. Y, sin embargo, cuando España marca, un bar entero salta por los aires y acabas abrazado a alguien con quien solo compartes un sentimiento. Pero qué sentimiento.

Porque esta selección ha conseguido algo muy difícil: volver a hacernos creer en un colectivo y sobre todo, en una idea.

Lo curioso es que lo ha hecho de una forma distinta a la que crecimos admirando. Durante años pensamos que España ganaba con el tikitaka. Lo prostituimos. Esta selección ha cogido la idea, y la ha hecho suya. Ha demostrado que la posesión no es el fin, sino el medio. Hay una sola pelota y, cuando la entiendes mejor que el rival, el partido empieza a jugarse donde tú querías.

Crecimos bajo frases como ‘el fútbol lo inventaron los ingleses, juegan once contra once y siempre gana Alemania’ o que Italia nos esperaba inevitablemente en cuartos. España acabó con esos complejos a base de fútbol hasta tal punto que en este siglo, cada vez que pasamos de cuartos, ganamos. Y no es casualidad, es una idea llevada hasta el extremo: si España consigue su fútbol, gana, y gana siendo superior.

Y la final fue la prueba definitiva. Cambiamos el vértigo de los extremos por un control casi obsesivo del juego. Cambiamos las goleadas por las porterías a cero. Y lo llevamos tan lejos que anulamos a una selección que había promediado un 60% de posesión durante el torneo. El vigente campeón del mundo, con un Messi pletórico, no disparó por primera vez hasta el minuto 116. El segundo y último disparo llegaría en el 120. Cuesta creerlo la verdad, casi parece ir en contra de la naturaleza del juego.

Pero quiero detenerme un momento en un jugador: Rodri. Veníamos ganando desde las bandas y terminamos ganando desde el centro del campo. Desde un futbolista que probablemente apreciaremos de verdad dentro de unos años. España dejó de vivir del vértigo y empezó a vivir del control, refugiándose claro, en un soberbio Dani Olmo.

Y junto a ellos, Luis de la Fuente. Supo leer al equipo antes que nadie. O quizá, simplemente, tuvo el valor de aceptar lo que el fútbol le estaba pidiendo: menos dependencia de las individualidades y más confianza en el talento colectivo. Al fin y al cabo, como la vida misma.

Porque al final todo esto va de eso. El fútbol no arregla un país. Los problemas siguen ahí cuando el árbitro pita el final. Pero durante noventa minutos nos recuerda el país que somos capaces de ser. Una España que se conduce con humildad y respeto al adversario. Y que confía en el talento colectivo para ganar y mostrarse al mundo como el país querido y respetado que es.

Y por eso ganamos. Como sabemos hacerlo. Resolviendo las adversidades. Siendo mejores cuando más importaba. Y terminando en Cibeles cantando “Superestrella”, en un final idílico, similar al de una película de Disney.

Lo conseguimos, juntos.

“Qué bonito es, queeeeee bonito es”, dijo Carlos Martínez.

Y sí. Tenía razón.

Porque España vuelve a ser, dieciséis años después, campeona del mundo.

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