El agnosticismo y yo

Siempre he acogido el agnosticismo con los brazos abiertos. Mi educación fue cristiana, aunque mi padre se opusiera firmemente a ello. Quizá por eso pienso como pienso. O quizá no.

Escribo sobre esto porque la vida me ha regalado a una persona que sí tiene fe. Y descubrir cómo vive la suya me ha llevado a reflexionar sobre la mía. O, mejor dicho, sobre mi ausencia de ella. No para cambiar de opinión, sino para entender de dónde nace.

Siempre me he considerado agnóstico. No fue una decisión meditada ni una conclusión alcanzada tras años de reflexión. Simplemente ocurrió. Cuando echo la vista atrás, casi toda mi vida ha girado alrededor de esa manera de entender el mundo. En mi casa apenas se iba a misa. Nunca se bendijo la mesa. Dios existía más como una referencia cultural que como una presencia cotidiana.

Y entonces apareció una duda que iba mucho más allá de la religión.

¿Hasta qué punto las opiniones que creemos nuestras lo son realmente? ¿Cuánto hay en ellas de elección y cuánto de educación, de cultura o de la familia en la que crecimos?

Durante mucho tiempo di por hecho que era agnóstico. Igual que otros dan por hecho que son cristianos, musulmanes o ateos. Pero hace bien poco, en un viaje con amigos, me replanteé de dónde venía esa verdad. Si había llegado a ella después de un camino propio o simplemente porque era el lugar natural al que me había llevado mi historia.

Creo que simplemente no siento la fe. No me siento cercano a un mundo que otras personas viven como algo cotidiano, íntimo y profundamente suyo.

Y digo “siento” a propósito. Porque entiendo la fe como algo que trasciende la razón. Creo que, en parte, se elige. Uno decide acercarse, abrirse a la posibilidad de creer, sostener ciertas preguntas y dar un paso que no es puramente racional. Y quizá, a través de esa elección, de ese convencimiento, la fe termina por aparecer.

No es un proceso automático ni sencillo. Implica aceptar una cierta incertidumbre y moverse en un terreno que no se puede demostrar del todo. Y, precisamente por eso, para alguien que se reconoce agnóstico, ese paso se vuelve todavía más complejo. No solo por la duda en sí, sino también por la distancia que a veces genera una institución que, en determinados aspectos, parece avanzar a un ritmo distinto al del mundo que la rodea.

Sin embargo, convivir con la fe de alguien a quien quiero me ha obligado a hacer un ejercicio mucho más interesante que discutir sobre religión, intentar comprender. Y joder, es del todo complejo. Pero una cosa es bastante clara, he descubierto que detrás de una fe auténtica suele haber muchas más preguntas de las que imaginaba. Dudas, lecturas, contradicciones y una búsqueda honesta. Mucho menos dogma y mucha más experiencia de la que yo, desde fuera, suponía.

Eso me llevó a una conclusión que trasciende la religión. Hasta qué punto los pensamientos nos vienen dados, y hasta qué punto nuestra capacidad crítica no mira los pilares que damos por sentados.

Vivimos en un país profundamente marcado por el cristianismo. Aunque muchos ya no practiquen, la cultura, las fiestas, el lenguaje e incluso nuestra forma de entender el bien y el mal están impregnados de esa tradición. Es lógico que muchos se definan cristianos porque así fueron educados. Igual de lógico que otros se definan agnósticos, como yo, porque crecieron en hogares donde la religión nunca ocupó un lugar importante.

Pero la educación explica de dónde venimos, no necesariamente quiénes somos. No sé quién sería si hubiera nacido en otra familia, en otro país o bajo otra tradición religiosa. Quizá hoy sería creyente. Quizá ateo. Quizá seguiría siendo agnóstico. Nunca lo sabré.

Y, en realidad, tampoco necesito saberlo.

Hace tiempo que aprendí a convivir con esa duda. A aceptar que hay preguntas que quizá nunca tengan una respuesta definitiva. Lejos de inquietarme, esa incertidumbre me resulta profundamente honesta. Me obliga a seguir escuchando, leyendo y entendiendo a quienes piensan distinto.

Porque quizá el agnosticismo no consista en vivir esperando una respuesta. Quizá consista en aceptar que algunas preguntas merecen seguir abiertas. En esperar escuchando, sin juzgar, con la mente abierta.

Porque la verdad absoluta no existe. O al menos, aún nadie la tiene.

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