Opinión · 4 min de lectura
La pantalla no distingue
Un compañero ciego, Pérez-Reverte y yo mismo: incapaces de usar una ducha, una luz y unos fogones por culpa de pantallas táctiles. La misma barrera para tres personas distintas, porque los obstáculos no son neutrales: alguien decide ponerlos.
El otro día, un compañero de trabajo, que es ciego, contó casi de pasada que la casa que había alquilado para las vacaciones le había jugado una mala pasada. Y no porque las fotos de Airbnb fueran una estafa. Ni porque el barrio fuera peor de lo esperado. Fue algo mucho más simple. O quizá mucho más complicado.
La luz, el agua caliente, el aire acondicionado, la calefacción… Todo se controlaba desde una pantalla táctil. Y la pantalla, claro, no era accesible. El resultado fue el esperado. Por no molestar a la vecina para que le explicara cómo funcionaba, se duchó con agua fría hasta que consiguió dar con la combinación correcta.
Lo contó riéndose. Como se cuentan esas historias que ya has vivido demasiadas veces. Yo también me reí. Maldije al iluminado que había decidido poner una pantalla donde antes bastaba un interruptor y seguí con mi día. No le di más vueltas. Pensé que era una de esas anécdotas que solo entienden quienes conviven con una discapacidad.
Hasta hoy. Hoy mi tía me ha enviado un artículo de Arturo Pérez-Reverte. Contaba cómo había sido incapaz de entender el sistema de luces de la habitación de un hotel de supuesto superlujo. Después de varios intentos, acabó recorriendo la habitación con la linterna del móvil para no ir dándose golpes contra los muebles. Y entonces me dio por pensar.
Porque, en realidad, no era la primera vez que veía algo parecido. Hace bien poco me pasó a mí. Alguien decidió que los fogones de mi nueva casa debían ser invisibles y que solo aparecerían cuando acertaras a encenderlos desde un mando táctil. Tardé dos días en entender cómo demonios funcionaban. Dos días sin cocinar por culpa de unos fogones que, en teoría, eran más modernos que los de toda la vida.
Y fue entonces cuando entendí que aquellas tres historias eran exactamente la misma. Un hombre ciego incapaz de poner agua caliente. Un escritor incapaz de encender una luz. Y yo incapaz de cocinar.
Tres personas completamente distintas. El mismo obstáculo. La pantalla no distingue. Le da igual quién seas.
Porque el problema nunca fue la vista. Ni la edad. Ni lo hábil que seas con la tecnología. El problema empezó mucho antes. El día en que alguien decidió que una ducha necesitaba una pantalla. Que un interruptor de toda la vida, el que encontrabas de memoria al entrar en una habitación, el que podías pulsar con el codo si llevabas las manos ocupadas, el que funcionaba incluso a oscuras, ya no era suficiente.
Los obstáculos no aparecen solos. Siempre hay alguien que los diseña.
Hay inventos que sustituyen a otros porque realmente mejoran las cosas. Nadie echa de menos desplegar un mapa de papel en mitad de un viaje o buscar una cabina para hacer una llamada.
Pero también hay inventos que no resuelven ningún problema. Es más, crean problemas donde antes no los había. Entonces descubres que aquel interruptor de toda la vida era bastante más inteligente de lo que parecía. No necesitaba instrucciones. Simplemente hacía una cosa. Y la hacía bien.
Cada vez llenamos nuestras casas, nuestros hoteles y hasta nuestras duchas de tecnología que presume de hacernos la vida más fácil. Pero solo funciona cuando el usuario hace exactamente lo que el diseñador imaginó.
La vida, en cambio, nunca funciona así. Llegas cansado. Llevas las manos ocupadas. Envejeces. O, simplemente, eres una persona ciega.
Y entonces descubres que aquello que venía a facilitarte la vida acaba exigiéndote más esfuerzo que lo que sustituyó.
Se nos llena lo boca pensando en una vida llena de tecnología, de inteligencia artificial. Pero quizá la inteligencia consista precisamente en pasar desapercibida.
En que una luz se encienda cuando buscas el interruptor. En que una ducha sea solo una ducha.En que unos fogones sean solo unos fogones.En que la tecnología desaparezca y solo quede la experiencia de usar las cosas.
Porque el mejor diseño nunca es el que más presume de ser inteligente. Es el que consigue que nadie tenga que pensar en él.
Y, sobre todo, el que no distingue entre las personas.
Sobre el autor
Andrés Castrillón Mata. Consultor de accesibilidad digital. Escribe sobre lo que ve, lo que le pasa y lo que le toca pensar. Leer más sobre mí.
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