Opinión · 4 min de lectura
Los obstáculos los pone alguien
Un chiste publicitario tapó el nombre de una estación. Para casi todos, no pasó nada.
Hace poco recibí un mensaje de mis amigos del centro Bobath. Lo leí un par de veces. Una porque me alegró el día, y otra porque, sin pretenderlo, dio en el clavo. Si hago lo que hago, si me dedico a lo que me dedico, creo que es exactamente por esto. Por gente así. Aunque a veces, entre reuniones y curro, se me olvide.
Bobath es un centro para personas con parálisis cerebral. Un lugar donde los chicos reciben tratamientos indispensables para ellos tratando que cada uno llegue a su máximo potencial, día tras día. Allí trabaja Ana, que apareció en mi vida hace poco y fue la que me escribió. Es la tutora de un grupo pequeño, en el que está mi amiga Paloma, y lo hace con una mezcla de paciencia y cabezonería que no he visto en mucha gente. Gente que se deja la vida en que el mundo sea un poco mejor para otros. Eso, sinceramente, es de admirar.
Pero no quiero escribir hoy sobre lo admirables que son, porque lo son. Quiero escribir sobre algo que casi nadie ve, precisamente porque no le hace falta verlo. Un compañero hizo una sesión para tratar el tema y a mí, personalmente, me caló hondo.
Hace unos meses, Uber Eats forró la estación de metro de Goya, en Madrid. La rebautizó. Donde ponía Goya, en los andenes, pasó a poner «Goya NO, Gyoza SÍ». Un juego de palabras con gracia, oye. No se la niego.
Pero alguien, en algún momento, en alguna reunión banal, miró el rótulo que dice el nombre de la estación —ese, el que está ahí para que sepas dónde estás— y decidió que se podía tapar. Que no pasaba nada. Que era gracioso.
Y para casi todos, tenía razón. No pasa nada.
No pasa nada si conoces la ciudad. No pasa nada si ves bien el cartel. No pasa nada si entiendes el chiste a la primera y sigues tu camino. Para casi todos, el mundo está pensado, y ni te enteras de que lo está.
Pero ahí está el turista que va contando paradas porque no se fía de su oído. La persona que necesita que lo que lee y lo que oye digan lo mismo, porque si no, duda. El que se agarra a ese rótulo, justo a ese, para orientarse, y no al guiño. Para ellos, el chiste deja de ser un chiste. Es un obstáculo. Pequeño, sí. Pero un obstáculo que ayer no estaba y hoy sí.
Lo puso alguien. Y aquí viene lo incómodo: no creo que lo pusiera con maldad. Casi nunca hay maldad. Ese es justo el problema.
Porque los obstáculos no nacen de la mala gente. Nacen de la imaginación. O más bien de su falta. De a quién te imaginas usando lo que haces. Cuando alguien diseña un anuncio, una acera, un formulario o una estación, imagina a una persona. Y casi siempre imagina a la misma: alguien que ve, que oye, que anda, que va con prisa pero sin problemas, que pilla la broma. Alguien sospechosamente parecido a quien lo está diseñando.
Los obstáculos no nacen de la mala gente. Nacen de la imaginación. O más bien de su falta.
El resto no entra en la foto. No porque alguien decida echarlos. Sino porque ni siquiera se les piensa. Y lo que no se piensa, no existe. Hasta que te lo encuentras de frente.
Y lo peor es que esto no pasa de golpe. Un mundo no se vuelve inhóspito en un día. Se va volviendo. Un rótulo tapado aquí. Un escalón de más allá. Un botón que no se ve, un audio que no coincide, una puerta un dedo más estrecha de lo que debería. Cada pieza, por separado, es una tontería. Nadie firma la exclusión. Solo se va dejando. Un poco hoy, otro poco mañana. Hasta que un día alguien quiere llegar a un sitio de lo más normal y resulta que no puede. Y nadie sabe muy bien quién lo decidió. Porque en realidad no lo decidió nadie. Fue, un poco, culpa de todos.
Porque la realidad que vivimos no es la única. Es solo la nuestra. Y mirar más allá de ella casi siempre es un incordio: cuesta pararse a pensar en alguien que no eres tú, para algo que a ti no te afecta. Pero ese rato que cuesta, ese gesto pequeño de curiosidad, a otra persona le cambia el día. A veces bastante más que el día.
Para quién se trabaja
Eso es lo que me llevo del Bobath. La gente que mira más allá por oficio y por ganas, y que recibe mucho más de lo que cualquiera imaginaría. Porque eso no se paga, y desde luego no se apaga, con dinero.
Porque a mí, en el día a día, me toca escuchar el «¿y esto a quién le importa?». O, peor, el «¿esto lo pide la ley? Porque si no lo pide, para qué». Como si lo que no obliga la normativa no mereciera hacerse. Como si la gente a la que no protege ninguna norma no estuviera ahí, esperando a entrar en la foto.
Por eso, quizás, me dedico a esto. Por eso el mensaje del Bobath me hizo tanta ilusión. No por lo que decía. Por lo que me recordó. Para quién trabajo. Y, sobre todo, para quién no se trabaja casi nunca.
Sobre el autor
Andrés Castrillón Mata. Consultor de accesibilidad digital. Escribe sobre lo que ve, lo que le pasa y lo que le toca pensar. Leer más sobre mí.
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