Estás en el río y lo notas. La pasión, el cuidado, el tiempo dedicado. Te adentras en una conversación y notas la pasión con la que hablan. Lo que saben. Lo que cuidan y lo molestos que están ante el descuido de los que de verdad tienen el poder de hacer algo.
He pasado un fin de semana en el río, en plena pesca del salmón. Y la primera conversación que tuvimos resultó ser la reflexión que te deja el río. Que haya o haya habido, porque ya no sé muy bien cómo decirlo, salmones en Asturias es una auténtica pasada. Algo casi único. Algo muy nuestro. De esas cosas que quizá no valoramos demasiado porque siempre han estado ahí. Hasta que empiezan a dejar de estar.
Yo vi una vez ascender salmones por un río en Estados Unidos y me pareció una jodida locura. Salmones chocando contra las rocas, peleando contra la corriente, empeñados en subir aunque todo pareciera empujarlos hacia abajo. Bien cuidado y bien contado, eso es una atracción turística como pocas. Pero aquí, donde también lo teníamos, donde también formaba parte de nuestra identidad, parece que nos ha costado entenderlo.
Y se nota. Se nota en cómo los pescadores hablan de aquella época en la que ibas al Esva, al Narcea o al Cares y el río estaba vivo de otra manera. Hablan de pozos en los que antes se veían salmones a cientos. De jornadas en las que sacar uno no era una rareza. De pueblos que vivían alrededor del río, con esos restaurantes tan característicos en los que fartucas, sales encantado y entiendes no ibas solo al salmón, el plan era comer, beber, siempre bien rodeado.
Quedan algunos supervivientes. El Obispo, en San Pedro de Paredes, es un buen ejemplo. Allí comimos como reyes. Y quizá por eso duele más. Porque todavía quedan restos de aquello. Lugares donde se intuye lo que fue, lo que pudo seguir siendo y lo que, poco a poco, hemos ido dejando caer.
Una abundancia que hoy suena casi a exageración, como esas historias que uno escucha y no sabe si pertenecen a la memoria o directamente a una Asturias que ya no existe.
Imagínate sacar un salmón de cinco, seis o incluso doce kilos del río. Tiene que ser una sensación única. Una mezcla de paciencia, fuerza, suerte y respeto. Hasta mi padre sacó uno en un coto a pocos metros del que estuvimos. Nosotros no pudimos sentirla.
Estuvimos todo el día junto al río. Caminando, mirando, esperando. Subiéndonos a zonas desde las que, nos decían, antes se veían pasar salmones a cientos y podías escoger tú. Y, sin embargo, nada. Ni uno. Ni cerca. Y eso, aunque no seas pescador, jode.
Pasa algo parecido con la trucha. Que no tendrá la épica del salmón, no saldrá en tantas conversaciones ni tendrá ese aire casi mitológico, pero también es más nuestra. También forma parte de los ríos, de los pueblos, de una manera de entender el territorio. Y cuando preguntas por ella, los pescadores de la zona se encienden. Y con razón. Porque cada vez quedan menos.
Pero no vengo a reivindicar la pesca. O no solo eso. Vengo a pensar en cómo en Asturias teníamos algo especial que poco a poco se nos está yendo de las manos. Algo que parecía garantizado. Algo que formaba parte del paisaje, de la memoria y de la vida de muchos pueblos. Nuestros ríos llevaban salmones. Llevaban truchas. Llevaban historias. Y ahora, demasiadas veces, llevan maleza y basura.
Habrá muchos motivos que no podamos controlar. El clima, el mar, los ciclos naturales, las presas, lo que sea. No pretendo reducir un problema complejo a un artículo. Pero hay algo que sí depende de nosotros: cuidar los espacios que tenemos. Y ahí, sinceramente, no siempre estamos a la altura.
Nos tocó el Esva. Y el entorno no estaba como debería. El camino estaba descuidado, la vegetación sin atender, los accesos complicados. No era un desastre absoluto, pero quizá ese es precisamente el problema. Que muchas veces las cosas no se caen de golpe. Se van dejando. Un poco hoy, otro poco mañana. Hasta que un día miras alrededor y aquello que parecía eterno empieza a parecer abandonado.
Y esto, en realidad, nos pasa con muchas cosas en la vida.
El salmón no deja de ser un símbolo. Uno más. Una forma concreta de hablar de todo aquello que damos por hecho hasta que empieza a desaparecer. Los ríos. Los pueblos. Las costumbres. La gente. Las relaciones. Los lugares a los que siempre pensamos que podremos volver.
Nos confiamos. Pensamos que las cosas importantes aguantan solas. Que el río seguirá ahí. Que la gente seguirá ahí. Que lo nuestro seguirá ahí. Y mientras tanto, no podamos, no limpiamos, no llamamos, no cuidamos.
Hasta que un día volvemos, podamos medio bosque como otras muchas veces, miramos el agua y ya no vemos nada.
Y entonces decimos qué pena.
Pero igual la pena no es que desaparezcan las cosas.
Igual la pena es no haberlas cuidado cuando todavía estaban.
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