Cansado pero no agotado
Sobre volver de un fin de semana fuera y descubrir que casa también es el lugar donde uno deja de estar en guardia.
Últimamente no paso un fin de semana en casa. Estoy de un lado para otro. María dice que tengo agenda de ministro y, últimamente, tengo que reconocer que no le falta razón. Me falta la escolta y poco más. La agenda la tengo.
Pero lejos de estar cansado, saturado o con ganas de desaparecer en algún sitio con aire acondicionado, me pasa algo curioso: me da vida.
Y no creo que sea por viajar. Que, personalmente, a mí me agota. Lo que cambia todo es la gente.
Este último fin de semana fue en Vitoria, una ciudad que personalmente me encanta. Y no solo por su belleza, que la tiene. Vitoria tiene un ambiente señorial que se parece a Oviedo, calles verdes —ahora un poco asilvestradas, que están en huelga los jardineros— y ese aire de pueblo grande en el que prácticamente todo el mundo parece conocerse. Eso a mí me gusta. Me recuerda un poco a Asturias. Además del Sagartoki, claro, lugar de culto.
Pero no iba solo a ver Vitoria. De ahí es una personita a la que admiro y disfruto a partes iguales. Y eso, aunque suene sencillo, impone. Porque una cosa es convivir con una persona en un terreno neutral. Y otra muy distinta es entrar en el lugar del que viene. Sentarte en una mesa que no es la tuya. Compartir sobremesa con una familia que no es la tuya. Escuchar bromas, historias y nombres que todos conocen y que existían mucho antes de que tú aparecieras por allí.
Es fácil sentirse cómodo en territorio conocido. En tu casa, con tu gente, sintiéndote parte de las historias. Lo difícil es no sentirse un extraño cuando todo alrededor pertenece a otra historia. Y, sin embargo, no me pasó.
No hubo esa incomodidad rara de estar ocupando un hueco que no sabes si te corresponde. No hubo esa sensación de tener que medir cada gesto, cada palabra, cada silencio. No hubo ese cansancio social de quien está actuando para caer bien, que es una de las formas más tontas y agotadoras de pasar un fin de semana.
Al contrario.
Me sentí en casa. Y me parece una frase bastante fuerte para decirla así. Porque casa no es cualquier cosa. Casa es donde uno baja la guardia. Donde no tiene que demostrar nada. Donde puede estar sin hacer méritos todo el rato. Donde el silencio no incomoda y la presencia no pesa.
Casa es ese sitio en el que, de alguna manera, puedes dejar de estar pendiente de ti mismo.
Y quizá por eso he vuelto cansado, pero no agotado. Que no es lo mismo.
Cansado no es lo mismo que agotado
He vuelto cansado porque, evidentemente, un fin de semana fuera de casa cansa. Cansa el coche, cansa la maleta, cansa dormir en una cama que no es la tuya, cansa estar activo todo el rato y cansa incluso pasarlo bien, que esto también habría que empezar a decirlo.
Pero no he vuelto agotado. Y ahí está la diferencia.
Porque hay cansancios que te vacían y cansancios que, por algún motivo, te colocan. Hay planes de los que vuelves con la sensación de haber entregado más de lo que tenías. Y hay otros de los que vuelves con sueño, sí, con la maleta hecha un desastre y con ganas de no hablar con nadie durante un par de horas, pero también con algo dentro más en calma.
Este ha sido de los segundos.
No descansé donde siempre. No estuve en mi sofá, con mi tele, con mis cosas. Hubo copas, kalimotxo, paseos, calor y otras muchas cosas. Y, aun así, descansé.
No el cuerpo, quizá. Pero sí esa parte de uno que se cansa cuando tiene que estar en guardia. Porque a veces lo que agota no es hacer cosas. Lo que agota es tener que hacer de uno mismo. Tener que interpretar el papel de persona simpática, correcta, integrada, suficientemente graciosa, suficientemente prudente, suficientemente todo. Eso sí que cansa. Cansa mucho más que viajar.
Por eso tiene algo especial entrar en el mundo de otra persona y no sentirte un intruso. Porque, al final, cuando estás con alguien, no estás solo con esa persona. Estás también con su historia. Con su familia. Con los bares en los que fue feliz, con las calles por las que caminó antes de conocerte. Estás con una versión de esa persona que existía antes de ti.
La ves moverse por Vitoria y entiendes cosas. Cómo interactúa, cómo mira, cómo está con las personas que la han visto crecer. Y tú estás ahí. Un poco de invitado, claro. Pero no de más. Y eso es un lujo.
Porque sentirse de más es una sensación bastante desagradable. No hace falta que nadie te trate mal para sentirlo. A veces basta con no encontrar tu sitio.
Este fin de semana no tuve esa sensación.
Sentí algo muy simple. Que podía estar sin molestar, sin forzar. Con todo el mundo alrededor a gusto. Y eso, aunque parezca poca cosa, no lo es.
Porque hay fines de semana que te cansan por fuera y te descansan por dentro. Que te dejan con sueño, con la maleta a medio deshacer y con ganas de volver a tu sofá, pero también con la sensación de haber estado exactamente donde tenías que estar.
Quizá por eso últimamente no paso tanto tiempo en casa. O quizá sí.
Quizá lo que pasa es que estoy empezando a entender que casa no siempre es el sitio al que vuelves, sino también el lugar en el que dejas de estar en guardia. He vuelto cansado, claro. Con sueño, con la maleta sin deshacer y con la sensación física de haber estirado demasiado el fin de semana.
Pero también he vuelto tranquilo.
Y eso, últimamente, me parece bastante más importante que descansar.
Hay gente que agota incluso sin moverse. Y hay gente que, aun llevándote de un lado para otro, te descansa.
Andrés Castrillón Mata. Consultor de accesibilidad digital. Escribe sobre lo que ve, lo que le pasa y lo que le toca pensar. Leer más sobre mí.
Deja un comentario