Opinión · 4 min de lectura
Los de siempre
Sobre la amistad adulta, la montaña y la gente con la que no tienes que actuar.
Vengo de un fin de semana de esos molones. De monte, de barro, de cargar más de la cuenta y de acordarte, a mitad de cuesta, de todos tus muertos y de alguno más.
Hemos estado en la cabaña de Blanco, en el parque natural de Redes, plantada en medio de la montaña. Sin luz, sin gas, sin demasiadas comodidades y subiendo bastante más peso del recomendable en la espalda. El primer día tocó sufrir: mochilas, comida, leña, camping gas y esa clase de cosas que, cuando estás en el supermercado, parecen absolutamente necesarias, pero que a mitad de subida empiezan a convertir a tu yo del pasado en un auténtico irresponsable.
Y, sin embargo, pasó algo que me sorprendió. No hubo una mala cara. Ni una queja. Ni una tensión rara. Ni ese comentario de más que aparece cuando hay cansancio, hambre y cada uno empieza a mirar lo que hace el otro, lo que carga, cuántas veces baja al generador o cuántos cubiertos ha limpiado. Nada. Subimos, llegamos y, casi sin hablarlo, cada uno encontró su sitio. Unos con la leña. Otros con la comida. Otros organizando la cabaña. Y luego Luna, mi perrina, en todo el medio, como una reina.
Fuimos ocho. Gente verde, aunque alguno faltara. Más Luna.
No voy a contar demasiado de lo que pasó allí porque hay conversaciones y vivencias que pertenecen a la montaña. Y porque, siendo honestos, algunas cosas es mejor que no salgan de una cabaña sin cobertura. Pero tampoco vengo a contar el fin de semana.
Vengo a contar lo que me llevo. Me llevo la sensación de haber estado en mi sitio.
Esa paz rara que no siempre aparece cuando descansas, pero sí cuando estás con gente con la que no tienes que actuar.
Esa paz que te llega al alma. Gente con la que el silencio no incomoda y la risa no necesita contexto. Gente que, aunque la vida te coloque en ciudades distintas, en rutinas distintas y en ritmos distintos, sigue teniendo la llave maestra para abrir una parte de ti que creías más perdida de lo que estaba.
La vida adulta tiene esto, te va separando de personas que son vitales sin que pase nada grave de por medio. No necesariamente por drama, ni por enfados, ni por grandes decepciones. Te separa porque cada uno trabaja en un sitio, vive en otro, tiene sus horarios, sus planes y sus mierdas. Y de pronto empiezas a ver más a la gente que comparte tu ritmo de vida que a la gente que comparte tu historia.
Y eso, si lo piensas, es bastante injusto. Porque hay personas que ves todas las semanas y apenas te rozan. Y hay otras a las que puedes no ver durante meses, pero te devuelven a ti. A tu sitio. A una versión tuya que no siempre aparece en el día a día, pero que sigue ahí, esperando a que alguien la reconozca.
Una frase me la dijo Mene
Mene es de esas personas a las que merece la pena mirar cuando hacen cosas. No porque haga nada especialmente espectacular, sino precisamente por lo contrario, porque lo hace todo como si importara. El café, el orden de una mochila, cualquier tontería. Tiene esa manera metódica, casi enfermiza, de quien no sabe hacer las cosas a medias. Y a mí, que soy lo contrario, me apasiona.
En algún momento del fin de semana, con su rutina de café mediante, soltó una frase que se me quedó grabada:
Cómo haces una cosa es el reflejo de cómo haces el resto.
Mene
Y me marcó. Quizás no con el propósito que Mene quería encontrar. Sino porque aquel fin de semana fue un poco eso. Ver cómo hace cada uno las cosas. Cómo carga. Cómo ayuda. Cómo se organiza. Cómo cede. Cómo convive. Cómo está. No en las grandes cosas, si no en las más pequeñas. En quién se levanta a mover la leña. En quién cocina sin montar un espectáculo. En quién recoge sin que se lo pidan. En quién baja al generador. En quién hace café. En quién se sienta contigo sin necesidad de llenar el silencio.
Y quizá estar con los de siempre sea justo eso.
Estar con gente que te conoce como si te hubiera parido. Gente que sabe cuándo estás bien, cuándo estás raro y cuándo estás haciendo el imbécil para no ponerte serio. Gente que te ha visto en tantas versiones que ya no necesita que le expliques demasiado. Con ellos no tienes que construir personaje, ni medir cada frase, ni parecer más interesante de lo que eres. Puedes ser tú. Con tus luces, tus taras, tus silencios y tus bromas de mierda.
Y eso, me estoy dando cuenta que vale muchísimo.
Porque hay amistades nuevas que son bonitas, claro. Gente que llega, que suma, que acompaña. Pero los de siempre tienen otra cosa. Tienen contexto. Tienen una vida en común. Saben de dónde vienes incluso cuando tú intentas hacer como que no. Y por eso, cuando vuelves a juntarte con ellos, no empiezas de cero. Vuelves a una conversación que llevaba meses en pausa.
Antes esto parecía normal. Perder el tiempo al volver de entrenar prácticamente gateando. El café prepartido. Las tardes interminables en el garaje de Charli. Los tinieblas en casa de Blanco. El fu fiu en la Plaza Blanca. Era parte de nuestra rutina. Pero luego creces y descubres que lo normal, lo rutinario, era un lujo. Que juntar a ocho personas en una cabaña sin cobertura, sin luz y sin excusas empieza a parecer casi un milagro logístico. Y por eso quizá no hubo malas caras.
Porque todos sabíamos, aunque nadie lo dijera, que aquello no era tan fácil de repetir. Que ya no somos chavales con todo el tiempo del mundo. Que ahora cada encuentro se pelea contra calendarios, kilómetros, trabajos, parejas y compromisos. Que la amistad adulta no siempre se rompe; a veces solo se queda sin hueco.
Pero hay cosas que resisten y menos mal. Hay amistades que no necesitan verse cada día para seguir estando vivas. Amistades que se conservan en una especie de brasa de carbón, esperando a que alguien la avive soplando un poco. Y cuando soplas, cuando por fin consigues juntarte, subir al monte, encender la hoguera y mirar alrededor, entiendes que no todo lo que la vida adulta limita consigue desaparecer.
Algunas cosas cambian. Otras, por suerte, siguen como siempre.
Por los que conocen mi historia y quieren seguir escribiéndola. Gracias por tanto.
Sobre el autor
Andrés Castrillón Mata. Consultor de accesibilidad digital. Escribe sobre lo que ve, lo que le pasa y lo que le toca pensar. Leer más sobre mí.
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