La vida en pareja

Opinión · 4 min de lectura

La vida en pareja

Sobre aprender a hacerle hueco a alguien en tu vida de verdad.

Desde hace bien poquito he experimentado una sensación que nunca había vivido antes. O, al menos, no de una manera tan intensa. Vivo en sociedad, claro. Tengo amigos, familia, gente a la que quiero y gente que me quiere. Pero nunca antes había compartido tanto, tan de cerca y de una forma tan bonita con otra persona.

Aún es pronto, lo sé. Pero hemos vivido mucho. Hemos compartido mucho. Y, joder, supone un reto cojonudo. Porque una cosa es querer a alguien y otra muy distinta es aprender a hacerle hueco en tu vida de verdad. En tus planes, en tus tiempos, en tus rarezas, en tus días buenos y, sobre todo, en los malos.

Es fácil estar cuando todo es bonito. Cuando hay cena, paseo, carrera juntos, planes improvisados y ganas de verse. Lo complicado empieza cuando la vida se mete por medio.

Cuando tú no estás bien.
Cuando la otra persona no está bien.
Cuando ninguno de los dos tiene culpa de nada, pero aun así algo pesa.

Y ahí es donde empieza lo interesante. Porque estar en pareja, al menos como lo estoy descubriendo yo, no va de vivir en una película ni de convertir cada día en una escena de esas con música de fondo y luz perfecta. Va de entender que la persona que tienes al lado también tiene sus días raros, sus miedos, sus cansancios y sus batallas. Y que, a veces, esas batallas no tienen nada que ver contigo. Y eso cuesta entenderlo.

Cuesta aprender cuándo hablar, cuándo callar, cuándo acercarse y cuándo simplemente estar cerca sin invadir. Porque somos bastante jodidos de entender. Y hay días en los que uno no se entiende ni a sí mismo, como para pretender entender del todo a otra persona. Así que cuando se juntan dos días raros, dos cabezas llenas de ruido o dos formas distintas de no saber qué hacer con lo que se siente, quizá lo importante no sea entenderlo todo.

Quizá lo importante sea estar. Acompañar sin entender.

Querer bien suena precioso, pero a veces es un ejercicio bastante jodido. Hay días en los que la otra persona no está para dar demasiado. Días en los que simplemente toca intentar sacarle una sonrisa. No porque vayas a arreglarle la vida. No porque tengas una solución brillante guardada en el bolsillo. Solo porque quieres verla un poco mejor. Y eso, que dicho así parece sencillo, no siempre lo es.

Porque seguir teniendo tu vida y, al mismo tiempo, sentir que una parte de ti ya no camina sola da un poco de vértigo. Un vértigo bonito, pero vértigo al fin y al cabo.

La presencia pequeña y cotidiana

Cuando alguien se convierte en la primera persona a la que quieres contarle una tontería. Cuando un plan deja de ser solo tuyo. Cuando el día mejora un poco porque sabes que vas a verla. Cuando te descubres pensando en cómo estará, aunque no te haya dicho nada.

Eso también es la pareja. No solo los grandes momentos. También esa presencia pequeña, cotidiana, casi silenciosa, que de pronto empieza a ordenarte un poco la vida.

No quiero idealizarlo. No siempre es fácil. Hay días torpes. Días en los que uno no sabe explicar lo que le pasa. Días en los que el otro tampoco sabe muy bien cómo acompañar. Días en los que querer bien consiste, básicamente, en no meter más ruido sino tranquilidad.

Pero quizá ahí está la gracia. En ir aprendiendo juntos. Sin manual. Sin acertar siempre. Con la esperanza bastante ingenua, pero bonita, de hacerlo cada vez un poco mejor.

La vie en couple est belle.

No porque sea fácil. Sino porque, cuando es de verdad, cuando os elegís mutuamente incluso en los días menos brillantes, te enseña una parte de la vida que hasta entonces no conocías.


Sobre el autor

Andrés Castrillón Mata. Consultor de accesibilidad digital. Escribe sobre lo que ve, lo que le pasa y lo que le toca pensar. Leer más sobre mí.

Deja un comentario